El escándalo de los escapes soplados

Escapes soplados Formula 1

Reglas que ahora se aplican y luego no, decisiones que se toman de forma unilateral, arbitrajes a toro pasado, son sólo algunos de los escándalos que vienen azotando la Fórmula 1 en los últimos años, y que en el circuito de Silverstone han visto su último escándalo.

La Fórmula 1 es un deporte. O al menos así es como se vende. Y un deporte se caracteriza, según la RAE, por ser una “Actividad física, ejercida como juego o competición, cuya práctica supone entrenamiento y sujeción a normas“.

Visto así no debería haber ningún problema, porque ante la duda bastaría con leernos el manual de reglas, y aplicarlas, como ocurre en el baloncesto o en el fútbol. Y como en estos deportes, se puede entender que habrá reglas complejas que no puedan cubrir todas situaciones que pueden llegar a darse. Todo esto es normal y comprensible en cierta medida. Pero el problema aparece cuando las reglas son suficientemente claras y se saltan a la torera, y desgraciadamente eso es exactamente lo que ha ocurrido aquí.

Vamos por orden, ¿cual es el problema exactamente? Se trata de un tema un poco técnico, que podríamos resumir de la forma siguiente: Un motor, cuando se acelera, suelta una serie de gases, que se canalizan por el tubo de escape. Algunos equipos descubrieron que podían utilizar estos gases canalizándolos por encima del doble difusor para conseguir un mayor apoyo aerodinámico. Hasta aquí todo más o menos bien. El problema aparece cuando los equipos empiezan a utilizar la salida de gases no sólo cuando el coche está acelerando sino en todo momento, es decir, acelerando, sin acelerar, e incluso frenando, con una ganancia brutal de apoyo aerodinámico en el paso por curva. Estos gases que salen del motor cuando el coche no está acelerando se llaman “gases fríos”. Y aquí es donde aparece el escándalo, en la falta de toda lógica que tiene que un coche esté emitiendo gases en todo momento, incluso cuando no se está acelerando.

Esta salida de gases fríos se regula mediante electrónica, y como es lógico, produce un consumo mayor de combustible, además de un importante calentamiento en todos los componentes del vehículo. Por esta razón se regula mediante mapas de motor, que sólo pueden ser aplicados en boxes. Así nos encontramos que algunos vehículos como los Red Bull tienen un rendimiento tan distinto en clasificación y en carrera, porque utilizan un mapa motor muy agresivo con la salida de gases fríos que en carrera no podrían utilizar debido al alto consumo de carburante y el desgaste de los componentes que podría llegar a ser inestable o peligroso.

El problema de todo esto es que esta forma de utilizar los gases fríos incumple hasta dos normas del reglamento, la primera que dice que un motor sólo puede emitir gases cuando se está acelerando, y la segunda que dice que no puede existir ningún elemento mecánico ni electrónico que varíe la aerodinámica del coche, a excepción del alerón trasero.

Entonces, si la reglamentación es clara, ¿por qué no se ha aplicado debidamente?

Ese es precisamente el mayor problema de la Fórmula 1 como deporte, esas interpretaciones arbitrarias, esas normas que se aplican por conveniencia o por intereses, esos rearbitrajes post-carrera, las penalizaciones que se aplican tarde o nunca, y un sinfín de escándalos que, especialmente desde hace tres años, están tirando por el suelo la imagen de un deporte que muchos de nosotros amamos.

Echando la mirada para atrás, seguramente el caso más escandaloso fue el de los famosos difusores dobles de Brawn GP hace un par de años. La FIA no se postuló sobre el tema hasta la mitad de temporada, y para ese momento el equipo ya había ganado el mundial de pilotos y el de constructores, quitando absolutamente toda la emoción a las carreras. El año anterior no había sido mucho mejor, era el año que marcaría a Lewis Hamilton como el ojito derecho de Ecclestone, con un ridículo constante en el que se cambiaban las reglas a medida que Hamilton las forzaba. Lo que era bueno para él, para el resto eran cinco segundos de sanción, o varios puestos en parrilla. Y no es que este año lo estén haciendo mucho mejor en cuanto a la dirección de carrera. Encontramos drive-througs que no vienen a cuento, incidentes de carrera que se aprovechan para imponer penalizaciones ejemplares y faltas graves que se obvian y sobre las que todo el mundo calla, ante la mirada estupefacta del público, que adora las carreras, pero que no puede evitar saber que está asistiendo a un espectáculo dantesco y sin sentido. Y eso sin mencionar los cambios de reglamentación absurdos e improvisados, los más escandalosos la eliminación de las paradas de boxes de la temporada pasada (un sólo cambio por equipo y gracias) para cambiar la norma al año siguiente, con unos coches que no van al límite ni por asomo (una de las tasas de abandonos más baja de la historia de la F1) y que tienen que utilizar dos juegos de neumáticos, uno de los cuales es simplemente absurdo (el neumático duro es más lento que el blando y dura más o menos lo mismo). Esperemos que no entren en la dinámica del circo con normas como la que proponía Ecclestone de los aspersores, para conseguir que todas las carreras fueran en mojado. Sería simple y llanamente el colmo.

¿En qué se queda todo esto de los escapes sopladores? Pues que algunos equipos, sin comerlo ni beberlo, han visto reducido su ritmo de una manera implacable (por ejemplo Renault). Otros han visto mermado su rendimiento en clasificación (Red Bull) y a otros ni les va ni les viene. Fernando Alonso ha ganado por fin un gran premio de F1 esta temporada, pero, ¿lo ha hecho él, o lo ha hecho la FIA poniéndole la carrera en bandeja? Si la norma es incorrecta, y se venía aplicando, ¿le ha regalado la FIA un mundial a Red Bull? Estas dudas son las que echan por tierra toda la credibilidad de un deporte en el que por desgracia cada vez cuenta menos la competitividad de los equipos, y se tiene más en cuenta la política, los amiguismos, y el miedo de un organismo, la FIA, asaltado por los escándalos (tampoco nos olvidamos de tí Max Mosley).

La F1 debe cambiar, y debe hacerlo cuanto antes. Un deporte que no es estricto en su normativa y da pie a errores continuos en la interpretación del reglamento no es creíble, y el que al final asiste a un espectáculo bochornoso en el que además no se entera de lo que pasa es, ni más ni menos, que el espectador.

Por mi parte, tras la bronca a la FIA y a la F1, sólo me queda felicitar a Red Bull, que ha ganado el título de este año (que nadie se engañe, ya está más que hecho) aplastando a sus rivales y dejándoles en evidencia, y una vez sacados de la ecuación, ver qué hacen el resto de equipos, a ver si Alonso se pone por delante de Hamilton en el mundial de constructores, ver qué tal están los circuitos nocturnos de este año, y rezar porque para el año que viene se cambie de una vez este sistema de rancio abolengo y podemos asistir, de una vez por todas, a las carreras de los domingos.

La imagen ha sido obtenida de la versión escrita del diario deportivo Marca.

 


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